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Ganador de premios Grammy y preparado para tomarse a Latinoamérica con su música, Juan Esteban Aristizábal es un bacán arrollador, callejero, rebelde y ganador. Armado de tatuajes y riesgo, con la guitarra como prolongación de su alma, es un rockero por excelencia. Esta es la historia de un parcero de La Playa de Medellín que triunfa más allá de Miami Beach.


Por: Jorge Hernán Gómez
Foto: Nicolás Quevedo
JuanesJuanes
La gloria del parcero...

Para patear piedras por la ciudad se necesita un par de tenis. Para firmar autógrafos y cantar frente a multitudes se necesita amar la soledad. Para ganar un Grammy se necesita talento... y suerte. Juanes tiene tenis, amor a la soledad, talento, suerte. Y se tiene a sí mismo como amuleto de las desventuras y la felicidad, talismán extravagante de la tristeza, de la risa, de los tatuajes, de la música y el silencio.

Aún no se entera de que es famoso. Aún no sabe que sus pasos empiezan a retumbar por los pasillos laberínticos del reconocimiento. Apenas si puede creer que se ha ganado ocho candidatizaciones a los Grammy latinos, los más importantes premios de la música en español, reservados para leyendas con nombre de héroe como Santana. Apenas entiende que el 11 de septiembre cantará en vivo frente a televidentes de 120 países, que verán por primera vez a un paisa con una guitarra eléctrica dejando sus reflexiones, su grito de guerra y su amor desesperado por Colombia en el escenario. Desconocido, subterráneo y tímido.

Directo, audaz y parcero. Así llegó a la ceremonia en la que anunciaron su gloria, con los tenis aún mojados, pues la recomendación de Fernán Martínez, su apoderado, era lavarlos para dejar una buena impresión. Y así se comporta cuando entra en una tienda de discos para comprar un cd de Joe Arroyo o de Metallica. O cuando una turba de mujeres lo acorrala para pedirle autógrafos y besos. O cuando la lluvia que atraviesa el cielo, como rasgando una guitarra, lo obliga a componer una canción silenciosa. O cuando se refugia en las librerías de Los Angeles para estudiar el verbo To Be.

Juanes desconcierta. Hijo de la ciudad, alimentado en tiempos de guerra aliviados por el calor de su familia, es un gladiador de nuestro tiempo, un juglar urbano que le canta a la libertad. Tiene la audacia de protestar con canciones que recuerdan el sentido reaccionario y la intención de denuncia que se inventaron los grandes dinosaurios del rock. Tiene también la suerte de ser tan pinta como para gustarles a todas las mujeres y de ser tan feo como para que ningún hombre le tenga envidia. Tiene la estampa del galán malevo, a quien llamaba y perseguía la seductora Tatiana de los Ríos. Y tiene la inocencia de la rebeldía, la figura despreocupada y fuerte de la que se enamoran miles de adolescentes y señoras entradas en carnes, y de la que se enamoró Karen Martínez, tierna y sensual brújula de la dirección pasional del rockero.

Historia de fusiones, fusión él mismo, la vida de Juanes empieza de nuevo cada minuto. Reinvención constante de sus sueños, es el rockero que juega con un acordeón, el malo que se desvive por una causa noble, el místico con una guitarra por religión.


¿Quién es Juanes?
Fue la pregunta de un sorprendido asistente a la rueda de prensa tras el anuncio de sus candidatizaciones. Todos conocían a Paulina Rubio, a Ricky Martin, a Christina Aguilera, pero ¿Juanes?, ¿quién carajos es Juanes, el de las ocho candidaturas? "I am Juanes", contestó con un acento paisa más de arriero que de cantante. "I have one disc, and I am from Colombia".
Pero es una respuesta muy breve para un reportaje.

En Carolina del Príncipe nadie sabe muy bien qué es un Grammy. Saben sí, que Alicia y Javier, dos enamorados que se casaron en la iglesia de ese pueblo antioqueño, son los papás de un muchacho llamado Juan Esteban Aristizábal que nació en Medellín hace 29 años, y al que dejaron de ver durante mucho tiempo hasta que alguno de los habitantes lo encontró en televisión con un uniforme anaranjado, sentado en una silla eléctrica y esperando la hora de su ejecución. "Es un video", dijo alguien. "Yo sí lo había dicho, acuérdense", advirtió un viejo con el carriel sobre las piernas, "hace años dije que ese muchacho iba a ser más famoso que Gardel".
Gardel y Los Visconti.

Esas fueron las primeras emociones de Juanes. "Desde que tengo memoria he tenido una guitarra entre las manos y me acuerdo que mis prdeesores -mi papá y mis cinco hermanos- me miraban mientras descubría los punteos de las canciones de Los Visconti. No me perdía ni uno de sus conciertos. La gente se sorprende, pero a los diez, doce años, asistía emocionado a conciertos de ese tipo. El Dueto de Antaño, otro de mis grandes favoritos".

Juanes creció como un niño tímido que no entendía la música de los artistas de moda, Luis Miguel y Menudo, y entendía aún menos por qué los niños de su edad no se deleitaban con Carlos Gardel. Su niñez y su adolescencia fueron una simbiosis de vivencias que transcurrían entre la finca plácida de Carolina del Príncipe y las calles agitadas de la Avenida La Playa. A los quince años asistió a un concierto en una oscura bodega que cambió en segundos su orientación musical. Ni Los Visconti ni Menudo. Por primera vez se enfrentó a las guitarras eléctricas y al golpe inmisericorde de la batería, se encontró con el heavy metal y empezó a rendirles culto a los sonidos fuertes y sin concesiones, a la rebeldía extrema, al pelo largo y los tatuajes.

"Días de excesos musicales", recuerda Juanes. "Descubrí lo más pesado que había oído nunca. Era otra forma de entender la música. Rapidez, entrega total. Desde ahí empezó una relación religiosa con mi guitarra. La guitarra es la proyección de mi alma, la música es mi religión y mi manera de hablar con Dios es ese instrumento sagrado. Es mi hostia, mi comunión con el cielo".

Los papás de Juan Esteban, buenos religiosos y católicos convencidos, paisas conservadores que en vez de la guitarra preferían ir a la iglesia, se asustaron con el descubrimiento de su hijo. "Claro, era difícil para mi mamá. Es que en esa época se tejían mitos alrededor de la música pesada. Se hablaba de drogas, de pactos con el diablo, de misas negras, de mensajes subliminales...

Pero lo máximo que hacíamos era 'parcharnos' en una esquina a tomar vino y a oír música. Lo más importante de esos días fue la disciplina que adquirí, el fervor por la música, el convencimiento de que mi vida estaría ligada a una guitarra el resto de mis días. Formé Ekhymosis y ensayábamos por lo menos diez horas diarias. Repetíamos canciones hasta tocarlas dormidos. Estaba obsesionado, quería que fuéramos los mejores y es una obsesión que conservo".

Mientras Juanes se encerraba con su banda en un garaje, afuera, en la Medellín de los años ochenta, explotaban bombas, los narcotraficantes derecían un millón de pesos por cada policía muerto y los sicarios se multiplicaban. "¿Por qué no vivimos en paz?", era la pregunta que se repetía y aún se repite Juanes. No es raro entonces que sus canciones vuelvan con insistencia sobre el tema de la violencia, sobre la guerra y el dolor de ver al país sin dirección. Juanes no puede abstraerse de una situación dramática, que se llevó a uno de sus mejores amigos y a un primo sin ninguna causa.

Dolor de músico
Tristeza y felicidad. Son los elementos creadores de cualquier artista. "Dolor y amor son los sinónimos y desde ahí parten mis canciones: amor o dolor por el país, amor o dolor por una persona, amor o dolor por mí mismo". Juanes, como en una película que no logra olvidar, tiene el registro pormenorizado de uno de los momentos más dolorosos de su vida. Aún se ve dormido, descansando tras una tarde de ensayos en la que preparaba un concierto para el día siguiente, cuando un portazo lo obliga a sentarse sin tiempo de pensar.

No sabe si se trata de un sueño, pero su mamá, tras arrojar la puerta con furia, con miedo, le grita como para no sentirse sola: "Juan, su papá se murió, su papá se murió". A veces hay que llorar, los tatuajes y el pelo largo no sirven para detener las lágrimas. "Pasó algo raro. Fui al concierto y toqué con una energía demoledora. Uno de los mejores conciertos que he dado. Cada nota recordaba a mi papá, ese hombre imponente que un día me regaló un acordeón alemán y un beso, y que me va a ver tocar en los Grammy".

De don Javier Aristizábal, Juanes aprendió la importancia de saber de dónde viene y eso ha sido fundamental en su carrera. Cuando su energía se desbordaba guiada por la sordidez destructora de bandas agresivas, de potencias metálicas como Slayer, Exodus, Iron Maiden y Megadeth, empezó a notar la ausencia de sus raíces y a recordar la música que oía junto a sus papás y sus hermanos.

Aparecieron los ecos de Diomedes Díaz, de las rancheras, la intensa melancolía de las cumbias y las lejanas notas de las melodías de arriería y trocha: "Redescubrí mis orígenes, lo que me había formado, y así se enriqueció la música de la banda. Fue una época difícil, fueron años contradictorios en los que los primeros seguidores nos abandonaban porque decían que nos habíamos vendido y que estábamos olvidando el rock; y para completar, la gente a la que le podía llegar más este tipo de música se confundía, no confiaba en una propuesta que provenía de un grupo de metaleros".

Lenta evolución. Años de trabajo y de defenderse contra una cantidad inaudita de detractores que trataban de hacer ver el nuevo trabajo de Juanes y Ekhymosis como mediocre, como una fusión de naderías, como un intento apresurado por pegar un par de canciones en las emisoras para obtener dinero fácil. La tranquilidad de Juanes en esos días era exagerada, contestaba con silencio y seguía trabajando: "No es rock, decían. Yo pienso que dos de los rockeros más berracos de todos los tiempos son Vicente Fernández y Diomedes Díaz.

El rock no es un arete colgando, el pelo más largo y más sucio del barrio y el sonido más estridente. El rock es una actitud que involucra la libertad y la constante búsqueda de la identidad. Yo busco la fusión de sonidos que logren definir quién soy". Esa búsqueda lo llevó a ejecutar una arriesgada versión en guitarra eléctrica del himno nacional. Después de las rasgaduras de túnicas necesarias y los gritos de rigor en el cielo, un coronel de la policía salió a felicitar a Juanes por enseñarles a los jóvenes el respeto por los símbolos patrios.

Con el rock en las venas, la sangre rebelde y las ganas de vivir, Juanes llegó a Los Angeles donde comenzó el sueño de los Grammy. La soledad, la tristeza y la angustia de su historia de inmigrante latino en la edición impresa de la Revista Diners.

Tomado de LaRevistadiners.com.co