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DECLARACIÓN DE AMOR
Del modo de ser del antioqueño

Por: Belisario Betancur Cuartas
INTRODUCCIÓN
EXCESO DE AMOR

Escrito para un folleto de ocasión en agosto de 1988.
Al empezar a escribir estas notas no sentí la angustia de la página en blanco, porque pensé:"si hay un tema que domine en el mundo, es éste". Craso error: a medida que empecé a organizar ideas me fui dando cuenta de que con Antioquia me pasa lo que a todos con las cosas más cercanas y amadas: cuanto más grande sea el amor, más difícil es expresarlo. De ahí el horror que produce la enunciación de un poema a la madre, o de un canto a la Patria.

Pasaron años antes de que incursionara por Manrique (el clásico poeta, don Jorge, no el barrio bravo y tanguero de Medellín) y me asombraran y emocionaran sus Coplas a la muerte de mi padre. En ellas descubrí que la belleza de ese poema consiste en hablar en abstracto de la muerte, no en particular de la del progenitor; y en despojar el relato de todo carácter personal, para volverlo universal y abstracto.

Los circunloquios anteriores son un pretexto para confesar que no sé escribir sobre Antioquia, por exceso de amor. Y, menos, sé explicar por qué el antioqueño es como es: colombiano diferente de los del resto del país —excepción hecha de los antiguo caldenses, directos descendientes—; gusta de una comida distinta; habla de otra manera; y ese fuerte idioma local se queda eternamente y aparece, a modo de palimpsesto, en los acentos y en los giros de los idiomas que, con torpeza, logra aprender. Y, a pesar de todas estas diferencias, el viejo Alfonso López Pumarejo decía que los antioqueños son el pulso de Colombia. Antioquia tiene, tal vez, la más grande porción de costa sobre el mar Caribe, pero el antioqueño no se considera (ni lo consideran) costeño.

Aunque tampoco cachaco, ya que los mismos costeños, autores de la discriminatoria clasificación, lo llaman simplemente paisa. Son exagerados, los paisas, muy exagerados, en todo; inclusive su humor, grueso y un poco incomprensible para los no antioqueños, se basa en la exageración desmesurada, en la hipérbole desbordada. Su territorio es una isla rodeada de montañas por todas partes; pero sería injusto asignarles a ellas tanto los vicios como las virtudes. ¿Cómo explicar, sólo por el posible aislamiento al que lo han condenado las montañas, la creación de la más poderosa industria textil, para mencionar una sola modalidad industrial; y el surgimiento de escritores de la talla de don Tomás Carrasquilla, Efe Gómez y Manuel Mejía Vallejo? O la existencia de un fuerte movimiento plástico, en el que han sobresalido el Maestro Cano, Marco Tobón Mejía, Débora Arango, el internacionalmente famoso Fernando Botero. Y entre los escultores (también lo fue Pedro Nel y lo es Botero) José Horacio Betancur, autor de guaguas y de mitos; Salvador Arango, el iluminado Rodrigo Arenas Betancur, de quien García Márquez dice que es el mejor escritor de Colombia.

En la música popular están Tartarín Moreira, mítico autor de tangos; Carlos Vieco el de Hacia el calvario, con la colaboración poética del anoriseño León Zafir; Jaime R. Echavarría, de las dulces baladas y las dulces serenatas de amor; y en la música culta, Blas Emilio Atehortúa en la composición; y Blanca Uribe y Teresita Gómez, en la ejecución.
Es tan particular el antioqueño, que tiene probablemente el único tratado en verso sobre cómo sembrar y recolectar maíz, escrito por el gran poeta cejeño, nacionalizado en Sonsón, Gregorio Gutiérrez González: la Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia. Y, siempre a contrapelo de la fama de pragmáticos, han aportado, además de grandes periodistas como los Cano, Rendón y los Gómez Martínez, a naturalistas como Joaquín Antonio Uribe; las prdeundas voces de los poetas Porfirio Barba Jacob, Epifanio Mejía, el maestro León de Greiff, al malogrado Edgar Poe Restrepo, Carlos Castro Saavedra, Jorge Robledo Ortiz. Y el grito disidente y puro de las huestes nadaistas, al mando de su prdeeta, Gonzalo Arango.

Advierto que en este elenco arbitrario y desordenado son más los nombres que faltan, que los que están. Pero no abundo para no convertir esta nota en interminable lista telefónica. Y conste que ésta no es otra exageración antioqueña. Ineluctablemente (la palabra es de Barba) al hablar de Medellín hay que hablar de tangos. En el tema somos expertos: los primeros del mundo. Los componemos, cantamos, bailamos, celebramos, criticamos, recordamos. No debió ser casualidad que Gardel acabara muriendo en el aeropuerto de Medellín (Las Playas, según los conservadores; Olaya Herrera, según los liberales). Para comprobar nuestra supremacía tanguística, va un cuento: un amigo mío, bogoteño él (así nos llaman en Medellín, peyorativamente, a los antioqueños que vivimos en Bogotá), tuvo la desacertada idea de encargarle a su esposa, que viajaba a la Argentina, Tango negro. Cuando ella llegó a Buenos Aires, visitó varias tiendas especializadas, en compañía de nuestro agregado cultural, como correspondía al caso; y al dar el título, la miraron como a marciana recién desembarcada y le dijeron: "Señora, ese tango no existe (o no lo conocemos)". Una semana más tarde mi amigo viajó a Medellín y yo le recomendé un sitio en donde buscar Tango negro; y allí encontró tres versiones distintas del tango que no
conocían en Argentina.

Manuel Mejía Vallejo, que sabe del tema, por antioqueño y por autor de esa hermosa novela que se llama, precisamente, Aire de tango, dice que el amor por los tangos se produjo en las dos ciudades, Buenos Aires y Medellín, porque en ellas se estaban presentando simultáneamente los fenómenos de migración del campo a la ciudad y entonces se reunían los campesinos, recién llegados, a recordar sus campos y sus novias campesinas, vestidas de percal y, tal vez, ahora convertidas en paicas. Así que el tango, según Manuel, nace de la nostalgia. Y oyéndolos uno se inclina a creerle.

Con explicaciones o sin ellas, el tango echó prdeundas raíces en Antioquia y si debemos encontrar sus exégetas, han de buscarse más bien en el barrio Manrique, o en lo que quedó del viejo barrio Guayaquil, en Medellín; más que en la Boca o en Caminito, en Buenos Aires.

Hasta aquí llego: sólo quería contarles que soy incapaz de decir mi amor a Antioquia y a su capital, Medellín. Si alguna duda les queda sobre esta aserción les ruego, a manera de castigo, releer las líneas precedentes. Quiero dejar una advertencia final: recuerden que la luz de Medellín no titila.
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CAPÍTULO II
PASADO, PRESENTE Y FUTURO
ANTIOQUIA EN BUSCA DE SÍ MISMA

Foro en el Recinto Quirama, Carmen de Viboral. Publicado en el suplemento literario de El Colombiano, Medellín, octubre 14 de 1973.

1. EL SUBSUELO HISTÓRICO
Haríamos a Antioquia el mejor homenaje si, aprovechando que estamos entre antioqueños, aplicáramos sinceridad al repaso de nuestro presente, a fin de indagar si seguimos siendo los mismos y si continuamos guardando el compás, para de allí extraer alguna lección útil a nuestro futuro.
Ante el país aparecemos como un Departamento líder, poseedores de un patrimonio cultural amasado con viejas virtudes y guardianes de una tradición hazañosa de esfuerzo y de grandeza.
Examinada a fondo la realidad, nosotros más conscientes y mejor versados en nuestros propios asuntos que el resto de nuestros compatriotas, vemos descarnadamente, sin embargo, que en este diagnóstico hay una superposición de imágenes: sobre la realidad de nuestros días, flota el velo de un pasado rico en realizaciones, tan prestigioso que puede plantear un riesgo de engaño y tergiversación.
Lo que importa es, entonces, separar del primer manto de nuestro subsuelo histórico, los fenómenos contemporáneos, y ver fríamente los problemas de hoy con óptica realista.

2. ESTA FUE LA ODISEA
Antioquia hizo lo que hizo, agobiada por toda suerte de limitaciones. Superarlas fue su odisea.
Cabe preguntarse si tan atrevido gesto, capaz de allanar la adversidad, hubiera hecho y estaría haciendo más, ahora, cuando los ingredientes del momento son un escenario enteramente propicio; o, en otras palabras, si lo bueno que vemos en presente se debe más al tradicional impulso, afianzado por el poderío de la voluntad que crea y organiza, o, quizá, en mayor medida, a factores nuevos, representados en la acumulación y capitalización ingente de un caudal heredado.
Me atrevería a responder, y lo afirmo como quien plantea una inquietud objetiva, que la vieja Antioquia tal vez hubiera aprovechado mejor el concurso de los nuevos tiempos para incrementar y enriquecer de mil maneras los anales de su vida colectiva, que lo que estamos haciendo nosotros.
Es una constante histórica que tras los esfuerzos creadores vienen las tareas de la administración; tras la aureola de los héroes desfila la inteligencia burocratizada.
Y ello no solamente aquí.
Importa que en esto se medite para que, si hay algún ápice de razón, lo apreciemos con el ánimo de aumentar el sentido creador de la tarea que corresponde a toda clase auténticamente dirigente.

3. UNA VERDAD DEFICIENTE
Es pertinente apuntar aquí algo que se relaciona con los caracteres más peculiares de toda comunidad, y frente a lo cual existe la tendencia de tomarlo como calidades congénitas o históricamente invulnerables.

La verdad es un poco diferente.
Cuando sobrevienen hechos nuevos, cuando esas comunidades se mezclan, cuando se pone fin a su primer encierro y su mundo se abre a influencias externas, los rasgos más típicos tienden a atenuarse.
A la idea de la Antioquia clásica, mítica y legendaria, hay que proyectarle ahora realismo: las especiales circunstancias que le sirvieron de cuna, están siendo sustituídas por grandes fuerzas transformadoras.
No hay que soñar con la supervivencia de un modelo eterno: la más ligera observación de nuestra vida cuotidiana señala a uno y otro lado, ininterrumpidamente, manifestaciones inéditas del comportamiento. Y lo más importante no consiste en mantenerse atados a una idea de cómo la realidad es, sino en seguir sus evoluciones para ir traduciendo sin cesar el acervo considerado mejor, al lenguaje de los nuevos hechos.

4. NUESTRA MAYOR RESERVA
Al conjuro de esta convicción, quiero invitarlos a enfocar un interrogante: ¿Cuál ha sido en el pasado nuestra mayor reserva, aquella fuente de donde siempre fluyó nuestra fuerza creadora más grande? ¿El itinerario de nuestros comportamientos demuestra que, de veras, estamos apelando a este eje de nuestro desarrollo, para aprovecharlo en las empresas del futuro?
Permítanme formular al respecto un diagnóstico sin adulaciones: en el pasado nuestros padres y abuelos hicieron a Antioquia pensando en Antioquia; hoy la queremos hacer pensando en su epicentro, Medellín.
Parece como si nos hubiéramos propuesto construir una capital. Exprimir la esponja para edificar una gran ciudad o una poderosa área metropolitana. Ello como si todo fueran corrientes tributarias, orientadas por el sentido de un proceso de desarrollo convergente, que se nutre de las últimas energías de un organismo exhausto en cuyo latir resuenan ecos de una decadencia.

A medida que las cifras en que fundamos nuestro optimismo se suceden y expanden, se hace más visible que dilapidamos, no por deliberación sino por desenfoque y por descuido, el mejor venero de nuestras energías; y malgastamos ese rico caudal que hoy desmaya frente a una urbe desmesurada, bella y próspera, que amamos entrañablemente, pero en cuya ola de crecimiento va envuelta secretamente la segregación de la Antioquia de siempre.

5. EN LOS CAMPOS Y PUEBLOS
¡Reitero mi prdeesión de amor a nuestra capital! ¡Pero me declaro pueblerino! Antioquia se hizo en los campos, en los pueblos y en los caminos: ¡donde estaba la gente, que era todo su nervio!
La sustancia de su mística, de su emoción y de su pensamiento; el ascenso de su proceso histórico; las peculiares maneras y estilos de su trabajo, todo aquello positivo en que se asienta la aureola que nos circunda, viene de allí y está denunciando este fenómeno.
Cualquier modo de acción que, en forma directa o indirecta, pretenda o lleve a la pretensión de sustituir con los recursos del capital, del management y de la planeación, el gran tesoro de los antioqueños, su gente (¡su gente donde ella esté!) expandida por todos los entreveros y rincones de nuestra geografía, estará llevando a un error y a un desperdicio.

Las luces y las facilidades que brindan las técnicas y los saberes adoptados deben ser apenas un continente adicional. No debe tratarse de restar y de reemplazar, descartando, sino de sumar y buscar el punto de equilibrio, que es el que expresa nuestro mejor parámetro de posibilidades.
Porque en la historia se avanza por las vías de las grandes síntesis: no barriendo sin clemencia, sino parándose sobre el minuto precedente para ver más claro y más lejos, aumentando así, con nuestra estatura, el alcance de la mirada y las posibilidades del horizonte que está siempre adelante, esperándonos.

6. CULTURA PAISA
Un Carrasquilla, un Rafael Uribe, un Efe Gómez o Tulio Ospina, un Pedro Nel Gómez, un Fernando González, un Barba o un León de Greiff, hablando del cuerpo increíblemente vivo de nuestra cultura paisa, tan prdeundamente antioqueños todos, son esencia de la esencia de los antioqueños, de las virtudes recónditas que quedan aún pero que hoy están asediadas por el cosmopolitismo.
No son esas las virtudes literarias, o artísticas, o filosóficas o políticas. No, no son eso solo: dimanan de allí mismo, de donde vienen los capitanes de empresa, los pioneros de nuestra industria, los organizadores de nuestra abundancia. Se palpa que sus páginas y sus cuadros están hechos de la misma greda de que están hechos los productos de nuestros telares, ¡del fruto de la tierra!
De la misma capacidad que hoy anda desparramada por todos los lugares, a los cuatro vientos; a donde hay que ir a recogerlos y a mostrarles el camino que restablezca la comunicación y coherencia de sus afanes frustrados, con la empresa común de crear un idioma compartido de soluciones vitales para el común de nuestros conciudadanos.
Los españoles de la era romana sentían que, si bien no podían dar nada en impuestos, entregaban, sin embargo, el caudal de sus grandes hombres, de sus unidades más egregias.
Volvamos los ojos a esta realidad, resueltamente, a ver si por allí encontramos cómo retomar el curso extraviado de nuestro crecimiento integral.

Porque es urgente que este avance de Antioquia no sea un fenómeno capitalino sin armonía ni congruencia, sino todo un simétrico desplazamiento que, al incorporar en forma orgánica el conjunto de su problemática, le traiga también, en compensación, el regalo de toda su potencia.

7. LARGA INVESTIGACIÓN
Estos son temas para una larga investigación, para invocar en su apoyo todo el laboratorio de los datos y de las estadísticas.
No dejo, por eso, de mencionarlos, ya que vinimos aquí a dejar semillas y preocupaciones; porque, a lo mejor, pueda cada cual rememorar en forma rápida algunas evidencias que indiquen que no todo anda tan bien, y que debemos ponernos a la tarea de detectar nuestras deficiencias y a buscar cuáles son, concretamente, las medidas aconsejables para llegar a un golpe de timón y a una corrección de rumbo.

Volvemos sobre Antioquia amorosamente, y es bueno enunciar algunas ocurrencias, pensando que quizá resulte oportuno llamar nuevamente la atención, por ejemplo hacia la necesidad de reivindicar en los programas y en las metas de la administración, el papel y la importancia de nuestra periferia.

El espíritu descentralista es tanto más respetable cuanto responda mejor a una filosdeía: la de que debe irrigarse la corriente de los recursos de todo orden en toda escala, para que no haya centro ni subcentro, ciudad o pueblo, que pretenda absorberlo todo, sin dar adecuada participación a las zonas más alejadas, y en la medida que se alejan de los mecanismos de acción, y de capacitación y consumo de recursos.

Antioquia debe llevar a sus últimas consecuencias su lema descentralista: aplicarlo internamente y volcarse, como un apremio de la hora, a reconstruir los canales de su vitalidad provinciana, si no quiere ver a Medellín convertida en un vampiro que la succiona para rodearse de espectros.

8. LA VIDA MUNICIPAL
Mi conclusión consiste en que hay que revivir la vida municipal y comarcana.
Que hay que propugnar por devolverle su autonomía y su propia capacidad, la plenitud de sus medios, a la angostada vida provinciana.
Antioquia fue siempre municipalista. Los fueros naturales de las localidades eran siempre un postulado que no venía de la teoría ni de los manuales de la buena administración o de la buena política, sino de las implicaciones de la realidad y de su más genuino contexto. Era un saber innato, una exigencia visceral y entrañable, que se levantaba en todos los puntos cardinales para reclamar la ubicuidad del buen gobierno y de la buena providencia pública.
Si Antioquia volviera a tomar ante el país esta bandera hoy a media asta, pero que sigue izada desde lo más hondo de nuestra idiosincrasia, aunque ya con asomos de amarga desilusión; si Antioquia se empinara con este gesto, habríamos de ver entonces cuántas voces en coro se levantarían para secundarla, sintiéndose interpretadas y capitaneadas en un impulso de indudable emergencia.

9. REFORMA CONSTITUCIONAL
Quiero agregar que en estos campos hay mucho por hacer desde todos los extremos: lo que requiere una reforma de la Constitución, hacerlo, aunque puede llevarse a cabo con la ley; lo que el Gobierno Nacional podría realizar dentro de la ley con simples reglamentos; y así, en serie, descendiendo, lo que pueden las ordenanzas por sí mismas y aun las simples administraciones seccionales aplicando criterios de mera política.

En el campo de la tecnificación y sentido práctico de la educación primaria rural; de la administración de las zonas campesinas; de la participación ciudadana en la administración municipal; de la sectorización o nucleación de ciertas órbitas intermunicipales para fines de administración autónoma y delegada; de la mejor colaboración con los pequeños municipios, los distritos zeta que hay en todos los departamentos; en materia de regionalización, para ciertas miras prácticas de planeación y administración; en una efectiva mejora y tecnificación de los administradores municipales; en la intensificación de la asesoría y orientación de los municipios, en todo esto hay grandes tareas por hacer.

Como las hay en la utilización del tiempo muerto, más que libre, de las mujeres, de los ancianos y de los niños en nuestros pueblos, mediante el fomento de sistemas especiales de ocupación financiada e industrialmente utilizable.
Sé que esta preocupación no está ausente de las cabezas rectoras del Departamento. Y, también, que se han fundado instituciones cuya labor es encomiable al respecto.

Mi insinuación quiere subrayar que ésta es la senda por donde Antioquia debe marchar, si quiere reencontrarse con las grandes posibilidades de su destino histórico; y que a esta luz es adonde hay que mirar, para recuperar el tiempo perdido.

10. LA JOVEN INTELIGENCIA
Y, finalmente, una insistencia en la importancia de estimular y proteger, por todos los medios al alcance, el papel de la joven inteligencia antioqueña: de sus escritores, de sus pensadores, de sus investigadores, de sus artistas, de todos los que manejan la materia prima de las emociones y de las ideas.
Porque si en alguna parte del país estas capas intelectuales están centradas en su ambiente y trabajan con materiales de la realidad, es en Antioquia: donde la cultura siempre ha tenido vocación por la vida cuotidiana y por los problemas dentro de los cuales la gente se debate; y que, por eso, se mueve también dentro de un público receptivo, ansioso de asimilar los productos de su laboratorio mental.
Esas vanguardias independientes pueden procesar y elaborar muy útiles orientaciones y aconsejar derroteros, en una época fluída y cambiante, que requiere una gran rapidez de maniobra si no se quiere quedarse atrás o ir a la zaga, a merced de tardías rectificaciones.
Antioquia los necesita, para estar constantemente preguntándoles por su futuro. Ellos representan una preciosa oportunidad para controlar la marcha según los dictados de una democracia efectiva.

EL MODO DE SER DEL ANTIOQUEÑO Y MÉTODOS PARA MEJORARLO
La Prensa de Bogotá: septiembre de 1988.
Dos veces fue gobernador —"el más sabio que tuvo la provincia de Antioquia durante la época española"— don Francisco Silvestre Sánchez, nacido en 1734 en el pueblo de Masueco de la provincia de Salamanca; llegado a Cartagena y Mompós a los 17 años; casado allí, y con vasta descendencia; trasladado después a Remedios y más tarde a Bogotá hasta morir en Madrid al comenzar el siglo XIX; la primera gobernación cuando tenía 40 años entre 1775 y 1776, por algo más de un año; y por más de 3 años, la segunda, entre 1782 y 1785 antes de cumplir los cincuenta.
La primera vez abrió el camino entre el río Cauca desde Santa Fe de Antioquia, al río Magdalena por Sonsón (que un siglo después cambiarían el gobernador doctor Berrío y el ingeniero cubano Cisneros con el ferrocarril); abrió la vía al mar Caribe por Ayapel; impulsó la minería y la agricultura; despertó a los perezosos 56 mil antioqueños de entonces; y dejó un primer informe, muy frecuentado por historiadores colombianos y norteamericanos, para exaltar su sentido anticipatorio del destino de aquella comarca de holgazanes, según repetía.
La segunda vez abrió nuevos caminos, fundó sociedades mineras, creó grandes estímulos para agricultura y ganadería, impulsó la navegación fluvial, ensanchó la colonización hacia el sur pero se trajo la ciudad de Arma del norte de Caldas para el valle de Rionegro, inventó recursos fiscales. Y sobre todo sacudió la modorra de la gente, trazando la ruta que el oidor Mon y Velarde —el gran regenerador de Antioquia, según don Tulio Ospina— habría de prdeundizar y de seguir. Lo cual lo dejó escrito en una Relación de la Provincia de Antioquia y métodos para mejorarla, hasta ahora desconocida, que es el primer plan de desarrollo de las tierras recién descubiertas, con prdeundas meditaciones para elevar la suerte de la región y recomendaciones sagaces para cambiar el modo de ser de la gente.
El modo de ser del antioqueño comenzaba a nacer: un modo de ser en que la minería tuvo valor pedagógico prdeundo para hacer la paciencia y persistencia en la acción, que conducirían a la acumulación de capital y a la introducción de la tecnología, a la asociación. Y al mantenimiento de costumbres austeras y rígidas. Un modo de ser que dos siglos antes había intuído el gobernador don Gaspar de Rodas y retomarían Mon y Velarde, Berrío, Jaramillo Sánchez y Gómez Martínez, entre los muchos buenos rectores que ha tenido un pueblo inclinado a litigar, abundante en reservadas mañas y astutas malicias: un pueblo de buenos gobernantes porque allá son buenos gobernados, como advertía Monseñor Carrasquilla.
* * *
La Relación de la Provincia Antioquia y métodos para mejorarla consta de cuatro partes divididas en 48 capítulos y éstos en 503 numerales: las dos últimas partes versan sobre el estado general del virreinato y las primeras traen recomendaciones específicas sobre la comarca, principalmente respecto a la idiosincrasia de sus gentes, su aislamiento geográfico y el origen de los recursos fiscales para financiar el plan, con la advertencia de que en el numeral 502 recomienda la eliminación del impuesto de las riñas de gallos, por anodino; y dejar sólo diez o doce tributos para ser aplicados principalmente a obras públicas.

Esta apasionante Relación fue escrita con lentitud: los nueve primeros capítulos, en Antioquia; la prosiguió en Santa Fe de Bogotá adonde hubo de trasladarse Silvestre para atender a demandas y pleitos (que él sí que era de malas