DECLARACIÓN
DE AMOR
Del modo de ser del antioqueño
Por: Belisario Betancur
Cuartas
INTRODUCCIÓN
EXCESO DE AMOR
Escrito para un folleto de ocasión
en agosto de 1988.
Al empezar a escribir estas notas no sentí
la angustia de la página en blanco,
porque pensé:"si hay un tema
que domine en el mundo, es éste".
Craso error: a medida que empecé
a organizar ideas me fui dando cuenta
de que con Antioquia me pasa lo que a
todos con las cosas más cercanas
y amadas: cuanto más grande sea
el amor, más difícil es
expresarlo. De ahí el horror que
produce la enunciación de un poema
a la madre, o de un canto a la Patria.
Pasaron años antes de que incursionara
por Manrique (el clásico poeta,
don Jorge, no el barrio bravo y tanguero
de Medellín) y me asombraran y
emocionaran sus Coplas a la muerte de
mi padre. En ellas descubrí que
la belleza de ese poema consiste en hablar
en abstracto de la muerte, no en particular
de la del progenitor; y en despojar el
relato de todo carácter personal,
para volverlo universal y abstracto.
Los circunloquios anteriores son un pretexto
para confesar que no sé escribir
sobre Antioquia, por exceso de amor. Y,
menos, sé explicar por qué
el antioqueño es como es: colombiano
diferente de los del resto del país
excepción hecha de los antiguo
caldenses, directos descendientes;
gusta de una comida distinta; habla de
otra manera; y ese fuerte idioma local
se queda eternamente y aparece, a modo
de palimpsesto, en los acentos y en los
giros de los idiomas que, con torpeza,
logra aprender. Y, a pesar de todas estas
diferencias, el viejo Alfonso López
Pumarejo decía que los antioqueños
son el pulso de Colombia. Antioquia tiene,
tal vez, la más grande porción
de costa sobre el mar Caribe, pero el
antioqueño no se considera (ni
lo consideran) costeño.
Aunque tampoco cachaco, ya que los mismos
costeños, autores de la discriminatoria
clasificación, lo llaman simplemente
paisa. Son exagerados, los paisas, muy
exagerados, en todo; inclusive su humor,
grueso y un poco incomprensible para los
no antioqueños, se basa en la exageración
desmesurada, en la hipérbole desbordada.
Su territorio es una isla rodeada de montañas
por todas partes; pero sería injusto
asignarles a ellas tanto los vicios como
las virtudes. ¿Cómo explicar,
sólo por el posible aislamiento
al que lo han condenado las montañas,
la creación de la más poderosa
industria textil, para mencionar una sola
modalidad industrial; y el surgimiento
de escritores de la talla de don Tomás
Carrasquilla, Efe Gómez y Manuel
Mejía Vallejo? O la existencia
de un fuerte movimiento plástico,
en el que han sobresalido el Maestro Cano,
Marco Tobón Mejía, Débora
Arango, el internacionalmente famoso Fernando
Botero. Y entre los escultores (también
lo fue Pedro Nel y lo es Botero) José
Horacio Betancur, autor de guaguas y de
mitos; Salvador Arango, el iluminado Rodrigo
Arenas Betancur, de quien García
Márquez dice que es el mejor escritor
de Colombia.
En la música popular están
Tartarín Moreira, mítico
autor de tangos; Carlos Vieco el de Hacia
el calvario, con la colaboración
poética del anoriseño León
Zafir; Jaime R. Echavarría, de
las dulces baladas y las dulces serenatas
de amor; y en la música culta,
Blas Emilio Atehortúa en la composición;
y Blanca Uribe y Teresita Gómez,
en la ejecución.
Es tan particular el antioqueño,
que tiene probablemente el único
tratado en verso sobre cómo sembrar
y recolectar maíz, escrito por
el gran poeta cejeño, nacionalizado
en Sonsón, Gregorio Gutiérrez
González: la Memoria sobre el cultivo
del maíz en Antioquia. Y, siempre
a contrapelo de la fama de pragmáticos,
han aportado, además de grandes
periodistas como los Cano, Rendón
y los Gómez Martínez, a
naturalistas como Joaquín Antonio
Uribe; las prdeundas voces de los poetas
Porfirio Barba Jacob, Epifanio Mejía,
el maestro León de Greiff, al malogrado
Edgar Poe Restrepo, Carlos Castro Saavedra,
Jorge Robledo Ortiz. Y el grito disidente
y puro de las huestes nadaistas, al mando
de su prdeeta, Gonzalo Arango.
Advierto que en este elenco arbitrario
y desordenado son más los nombres
que faltan, que los que están.
Pero no abundo para no convertir esta
nota en interminable lista telefónica.
Y conste que ésta no es otra exageración
antioqueña. Ineluctablemente (la
palabra es de Barba) al hablar de Medellín
hay que hablar de tangos. En el tema somos
expertos: los primeros del mundo. Los
componemos, cantamos, bailamos, celebramos,
criticamos, recordamos. No debió
ser casualidad que Gardel acabara muriendo
en el aeropuerto de Medellín (Las
Playas, según los conservadores;
Olaya Herrera, según los liberales).
Para comprobar nuestra supremacía
tanguística, va un cuento: un amigo
mío, bogoteño él
(así nos llaman en Medellín,
peyorativamente, a los antioqueños
que vivimos en Bogotá), tuvo la
desacertada idea de encargarle a su esposa,
que viajaba a la Argentina, Tango negro.
Cuando ella llegó a Buenos Aires,
visitó varias tiendas especializadas,
en compañía de nuestro agregado
cultural, como correspondía al
caso; y al dar el título, la miraron
como a marciana recién desembarcada
y le dijeron: "Señora, ese
tango no existe (o no lo conocemos)".
Una semana más tarde mi amigo viajó
a Medellín y yo le recomendé
un sitio en donde buscar Tango negro;
y allí encontró tres versiones
distintas del tango que no
conocían en Argentina.
Manuel Mejía Vallejo, que sabe
del tema, por antioqueño y por
autor de esa hermosa novela que se llama,
precisamente, Aire de tango, dice que
el amor por los tangos se produjo en las
dos ciudades, Buenos Aires y Medellín,
porque en ellas se estaban presentando
simultáneamente los fenómenos
de migración del campo a la ciudad
y entonces se reunían los campesinos,
recién llegados, a recordar sus
campos y sus novias campesinas, vestidas
de percal y, tal vez, ahora convertidas
en paicas. Así que el tango, según
Manuel, nace de la nostalgia. Y oyéndolos
uno se inclina a creerle.
Con explicaciones o sin ellas, el tango
echó prdeundas raíces en
Antioquia y si debemos encontrar sus exégetas,
han de buscarse más bien en el
barrio Manrique, o en lo que quedó
del viejo barrio Guayaquil, en Medellín;
más que en la Boca o en Caminito,
en Buenos Aires.
Hasta aquí llego: sólo quería
contarles que soy incapaz de decir mi
amor a Antioquia y a su capital, Medellín.
Si alguna duda les queda sobre esta aserción
les ruego, a manera de castigo, releer
las líneas precedentes. Quiero
dejar una advertencia final: recuerden
que la luz de Medellín no titila.
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CAPÍTULO II
PASADO,
PRESENTE Y FUTURO
ANTIOQUIA EN BUSCA DE SÍ MISMA
Foro en el Recinto Quirama, Carmen de
Viboral. Publicado en el suplemento literario
de El Colombiano, Medellín, octubre
14 de 1973.
1.
EL SUBSUELO HISTÓRICO
Haríamos a Antioquia el mejor homenaje
si, aprovechando que estamos entre antioqueños,
aplicáramos sinceridad al repaso
de nuestro presente, a fin de indagar
si seguimos siendo los mismos y si continuamos
guardando el compás, para de allí
extraer alguna lección útil
a nuestro futuro.
Ante el país aparecemos como un
Departamento líder, poseedores
de un patrimonio cultural amasado con
viejas virtudes y guardianes de una tradición
hazañosa de esfuerzo y de grandeza.
Examinada
a fondo la realidad, nosotros más
conscientes y mejor versados en nuestros
propios asuntos que el resto de nuestros
compatriotas, vemos descarnadamente, sin
embargo, que en este diagnóstico
hay una superposición de imágenes:
sobre la realidad de nuestros días,
flota el velo de un pasado rico en realizaciones,
tan prestigioso que puede plantear un
riesgo de engaño y tergiversación.
Lo
que importa es, entonces, separar del
primer manto de nuestro subsuelo histórico,
los fenómenos contemporáneos,
y ver fríamente los problemas de
hoy con óptica realista.
2. ESTA FUE LA ODISEA
Antioquia hizo lo que hizo, agobiada por
toda suerte de limitaciones. Superarlas
fue su odisea.
Cabe preguntarse si tan atrevido gesto,
capaz de allanar la adversidad, hubiera
hecho y estaría haciendo más,
ahora, cuando los ingredientes del momento
son un escenario enteramente propicio;
o, en otras palabras, si lo bueno que
vemos en presente se debe más al
tradicional impulso, afianzado por el
poderío de la voluntad que crea
y organiza, o, quizá, en mayor
medida, a factores nuevos, representados
en la acumulación y capitalización
ingente de un caudal heredado.
Me atrevería a responder, y lo
afirmo como quien plantea una inquietud
objetiva, que la vieja Antioquia tal vez
hubiera aprovechado mejor el concurso
de los nuevos tiempos para incrementar
y enriquecer de mil maneras los anales
de su vida colectiva, que lo que estamos
haciendo nosotros.
Es
una constante histórica que tras
los esfuerzos creadores vienen las tareas
de la administración; tras la aureola
de los héroes desfila la inteligencia
burocratizada.
Y
ello no solamente aquí.
Importa
que en esto se medite para que, si hay
algún ápice de razón,
lo apreciemos con el ánimo de aumentar
el sentido creador de la tarea que corresponde
a toda clase auténticamente dirigente.
3. UNA VERDAD DEFICIENTE
Es pertinente apuntar aquí algo
que se relaciona con los caracteres más
peculiares de toda comunidad, y frente
a lo cual existe la tendencia de tomarlo
como calidades congénitas o históricamente
invulnerables.
La verdad es un poco diferente.
Cuando
sobrevienen hechos nuevos, cuando esas
comunidades se mezclan, cuando se pone
fin a su primer encierro y su mundo se
abre a influencias externas, los rasgos
más típicos tienden a atenuarse.
A
la idea de la Antioquia clásica,
mítica y legendaria, hay que proyectarle
ahora realismo: las especiales circunstancias
que le sirvieron de cuna, están
siendo sustituídas por grandes
fuerzas transformadoras.
No
hay que soñar con la supervivencia
de un modelo eterno: la más ligera
observación de nuestra vida cuotidiana
señala a uno y otro lado, ininterrumpidamente,
manifestaciones inéditas del comportamiento.
Y lo más importante no consiste
en mantenerse atados a una idea de cómo
la realidad es, sino en seguir sus evoluciones
para ir traduciendo sin cesar el acervo
considerado mejor, al lenguaje de los
nuevos hechos.
4. NUESTRA MAYOR RESERVA
Al conjuro de esta convicción,
quiero invitarlos a enfocar un interrogante:
¿Cuál ha sido en el pasado
nuestra mayor reserva, aquella fuente
de donde siempre fluyó nuestra
fuerza creadora más grande? ¿El
itinerario de nuestros comportamientos
demuestra que, de veras, estamos apelando
a este eje de nuestro desarrollo, para
aprovecharlo en las empresas del futuro?
Permítanme formular al respecto
un diagnóstico sin adulaciones:
en el pasado nuestros padres y abuelos
hicieron a Antioquia pensando en Antioquia;
hoy la queremos hacer pensando en su epicentro,
Medellín.
Parece
como si nos hubiéramos propuesto
construir una capital. Exprimir la esponja
para edificar una gran ciudad o una poderosa
área metropolitana. Ello como si
todo fueran corrientes tributarias, orientadas
por el sentido de un proceso de desarrollo
convergente, que se nutre de las últimas
energías de un organismo exhausto
en cuyo latir resuenan ecos de una decadencia.
A medida que las cifras en que fundamos
nuestro optimismo se suceden y expanden,
se hace más visible que dilapidamos,
no por deliberación sino por desenfoque
y por descuido, el mejor venero de nuestras
energías; y malgastamos ese rico
caudal que hoy desmaya frente a una urbe
desmesurada, bella y próspera,
que amamos entrañablemente, pero
en cuya ola de crecimiento va envuelta
secretamente la segregación de
la Antioquia de siempre.
5. EN LOS CAMPOS Y PUEBLOS
¡Reitero mi prdeesión de
amor a nuestra capital! ¡Pero me
declaro pueblerino! Antioquia se hizo
en los campos, en los pueblos y en los
caminos: ¡donde estaba la gente,
que era todo su nervio!
La
sustancia de su mística, de su
emoción y de su pensamiento; el
ascenso de su proceso histórico;
las peculiares maneras y estilos de su
trabajo, todo aquello positivo en que
se asienta la aureola que nos circunda,
viene de allí y está denunciando
este fenómeno.
Cualquier
modo de acción que, en forma directa
o indirecta, pretenda o lleve a la pretensión
de sustituir con los recursos del capital,
del management y de la planeación,
el gran tesoro de los antioqueños,
su gente (¡su gente donde ella esté!)
expandida por todos los entreveros y rincones
de nuestra geografía, estará
llevando a un error y a un desperdicio.
Las luces y las facilidades que brindan
las técnicas y los saberes adoptados
deben ser apenas un continente adicional.
No debe tratarse de restar y de reemplazar,
descartando, sino de sumar y buscar el
punto de equilibrio, que es el que expresa
nuestro mejor parámetro de posibilidades.
Porque
en la historia se avanza por las vías
de las grandes síntesis: no barriendo
sin clemencia, sino parándose sobre
el minuto precedente para ver más
claro y más lejos, aumentando así,
con nuestra estatura, el alcance de la
mirada y las posibilidades del horizonte
que está siempre adelante, esperándonos.
6. CULTURA PAISA
Un Carrasquilla, un Rafael Uribe, un Efe
Gómez o Tulio Ospina, un Pedro
Nel Gómez, un Fernando González,
un Barba o un León de Greiff, hablando
del cuerpo increíblemente vivo
de nuestra cultura paisa, tan prdeundamente
antioqueños todos, son esencia
de la esencia de los antioqueños,
de las virtudes recónditas que
quedan aún pero que hoy están
asediadas por el cosmopolitismo.
No son esas las virtudes literarias, o
artísticas, o filosóficas
o políticas. No, no son eso solo:
dimanan de allí mismo, de donde
vienen los capitanes de empresa, los pioneros
de nuestra industria, los organizadores
de nuestra abundancia. Se palpa que sus
páginas y sus cuadros están
hechos de la misma greda de que están
hechos los productos de nuestros telares,
¡del fruto de la tierra!
De
la misma capacidad que hoy anda desparramada
por todos los lugares, a los cuatro vientos;
a donde hay que ir a recogerlos y a mostrarles
el camino que restablezca la comunicación
y coherencia de sus afanes frustrados,
con la empresa común de crear un
idioma compartido de soluciones vitales
para el común de nuestros conciudadanos.
Los
españoles de la era romana sentían
que, si bien no podían dar nada
en impuestos, entregaban, sin embargo,
el caudal de sus grandes hombres, de sus
unidades más egregias.
Volvamos
los ojos a esta realidad, resueltamente,
a ver si por allí encontramos cómo
retomar el curso extraviado de nuestro
crecimiento integral.
Porque es urgente que este avance de Antioquia
no sea un fenómeno capitalino sin
armonía ni congruencia, sino todo
un simétrico desplazamiento que,
al incorporar en forma orgánica
el conjunto de su problemática,
le traiga también, en compensación,
el regalo de toda su potencia.
7. LARGA INVESTIGACIÓN
Estos son temas para una larga investigación,
para invocar en su apoyo todo el laboratorio
de los datos y de las estadísticas.
No dejo, por eso, de mencionarlos, ya
que vinimos aquí a dejar semillas
y preocupaciones; porque, a lo mejor,
pueda cada cual rememorar en forma rápida
algunas evidencias que indiquen que no
todo anda tan bien, y que debemos ponernos
a la tarea de detectar nuestras deficiencias
y a buscar cuáles son, concretamente,
las medidas aconsejables para llegar a
un golpe de timón y a una corrección
de rumbo.
Volvemos sobre Antioquia amorosamente,
y es bueno enunciar algunas ocurrencias,
pensando que quizá resulte oportuno
llamar nuevamente la atención,
por ejemplo hacia la necesidad de reivindicar
en los programas y en las metas de la
administración, el papel y la importancia
de nuestra periferia.
El espíritu descentralista es tanto
más respetable cuanto responda
mejor a una filosdeía: la de que
debe irrigarse la corriente de los recursos
de todo orden en toda escala, para que
no haya centro ni subcentro, ciudad o
pueblo, que pretenda absorberlo todo,
sin dar adecuada participación
a las zonas más alejadas, y en
la medida que se alejan de los mecanismos
de acción, y de capacitación
y consumo de recursos.
Antioquia debe llevar a sus últimas
consecuencias su lema descentralista:
aplicarlo internamente y volcarse, como
un apremio de la hora, a reconstruir los
canales de su vitalidad provinciana, si
no quiere ver a Medellín convertida
en un vampiro que la succiona para rodearse
de espectros.
8. LA VIDA MUNICIPAL
Mi conclusión consiste en que hay
que revivir la vida municipal y comarcana.
Que hay que propugnar por devolverle su
autonomía y su propia capacidad,
la plenitud de sus medios, a la angostada
vida provinciana.
Antioquia
fue siempre municipalista. Los fueros
naturales de las localidades eran siempre
un postulado que no venía de la
teoría ni de los manuales de la
buena administración o de la buena
política, sino de las implicaciones
de la realidad y de su más genuino
contexto. Era un saber innato, una exigencia
visceral y entrañable, que se levantaba
en todos los puntos cardinales para reclamar
la ubicuidad del buen gobierno y de la
buena providencia pública.
Si
Antioquia volviera a tomar ante el país
esta bandera hoy a media asta, pero que
sigue izada desde lo más hondo
de nuestra idiosincrasia, aunque ya con
asomos de amarga desilusión; si
Antioquia se empinara con este gesto,
habríamos de ver entonces cuántas
voces en coro se levantarían para
secundarla, sintiéndose interpretadas
y capitaneadas en un impulso de indudable
emergencia.
9. REFORMA CONSTITUCIONAL
Quiero agregar que en estos campos hay
mucho por hacer desde todos los extremos:
lo que requiere una reforma de la Constitución,
hacerlo, aunque puede llevarse a cabo
con la ley; lo que el Gobierno Nacional
podría realizar dentro de la ley
con simples reglamentos; y así,
en serie, descendiendo, lo que pueden
las ordenanzas por sí mismas y
aun las simples administraciones seccionales
aplicando criterios de mera política.
En el campo de la tecnificación
y sentido práctico de la educación
primaria rural; de la administración
de las zonas campesinas; de la participación
ciudadana en la administración
municipal; de la sectorización
o nucleación de ciertas órbitas
intermunicipales para fines de administración
autónoma y delegada; de la mejor
colaboración con los pequeños
municipios, los distritos zeta que hay
en todos los departamentos; en materia
de regionalización, para ciertas
miras prácticas de planeación
y administración; en una efectiva
mejora y tecnificación de los administradores
municipales; en la intensificación
de la asesoría y orientación
de los municipios, en todo esto hay grandes
tareas por hacer.
Como las hay en la utilización
del tiempo muerto, más que libre,
de las mujeres, de los ancianos y de los
niños en nuestros pueblos, mediante
el fomento de sistemas especiales de ocupación
financiada e industrialmente utilizable.
Sé
que esta preocupación no está
ausente de las cabezas rectoras del Departamento.
Y, también, que se han fundado
instituciones cuya labor es encomiable
al respecto.
Mi insinuación quiere subrayar
que ésta es la senda por donde
Antioquia debe marchar, si quiere reencontrarse
con las grandes posibilidades de su destino
histórico; y que a esta luz es
adonde hay que mirar, para recuperar el
tiempo perdido.
10. LA JOVEN INTELIGENCIA
Y, finalmente, una insistencia en la importancia
de estimular y proteger, por todos los
medios al alcance, el papel de la joven
inteligencia antioqueña: de sus
escritores, de sus pensadores, de sus
investigadores, de sus artistas, de todos
los que manejan la materia prima de las
emociones y de las ideas.
Porque si en alguna parte del país
estas capas intelectuales están
centradas en su ambiente y trabajan con
materiales de la realidad, es en Antioquia:
donde la cultura siempre ha tenido vocación
por la vida cuotidiana y por los problemas
dentro de los cuales la gente se debate;
y que, por eso, se mueve también
dentro de un público receptivo,
ansioso de asimilar los productos de su
laboratorio mental.
Esas
vanguardias independientes pueden procesar
y elaborar muy útiles orientaciones
y aconsejar derroteros, en una época
fluída y cambiante, que requiere
una gran rapidez de maniobra si no se
quiere quedarse atrás o ir a la
zaga, a merced de tardías rectificaciones.
Antioquia
los necesita, para estar constantemente
preguntándoles por su futuro. Ellos
representan una preciosa oportunidad para
controlar la marcha según los dictados
de una democracia efectiva.
EL MODO DE SER DEL ANTIOQUEÑO Y
MÉTODOS PARA MEJORARLO
La Prensa de Bogotá: septiembre
de 1988.
Dos veces fue gobernador "el
más sabio que tuvo la provincia
de Antioquia durante la época española"
don Francisco Silvestre Sánchez,
nacido en 1734 en el pueblo de Masueco
de la provincia de Salamanca; llegado
a Cartagena y Mompós a los 17 años;
casado allí, y con vasta descendencia;
trasladado después a Remedios y
más tarde a Bogotá hasta
morir en Madrid al comenzar el siglo XIX;
la primera gobernación cuando tenía
40 años entre 1775 y 1776, por
algo más de un año; y por
más de 3 años, la segunda,
entre 1782 y 1785 antes de cumplir los
cincuenta.
La
primera vez abrió el camino entre
el río Cauca desde Santa Fe de
Antioquia, al río Magdalena por
Sonsón (que un siglo después
cambiarían el gobernador doctor
Berrío y el ingeniero cubano Cisneros
con el ferrocarril); abrió la vía
al mar Caribe por Ayapel; impulsó
la minería y la agricultura; despertó
a los perezosos 56 mil antioqueños
de entonces; y dejó un primer informe,
muy frecuentado por historiadores colombianos
y norteamericanos, para exaltar su sentido
anticipatorio del destino de aquella comarca
de holgazanes, según repetía.
La
segunda vez abrió nuevos caminos,
fundó sociedades mineras, creó
grandes estímulos para agricultura
y ganadería, impulsó la
navegación fluvial, ensanchó
la colonización hacia el sur pero
se trajo la ciudad de Arma del norte de
Caldas para el valle de Rionegro, inventó
recursos fiscales. Y sobre todo sacudió
la modorra de la gente, trazando la ruta
que el oidor Mon y Velarde el gran
regenerador de Antioquia, según
don Tulio Ospina habría de
prdeundizar y de seguir. Lo cual lo dejó
escrito en una Relación de la Provincia
de Antioquia y métodos para mejorarla,
hasta ahora desconocida, que es el primer
plan de desarrollo de las tierras recién
descubiertas, con prdeundas meditaciones
para elevar la suerte de la región
y recomendaciones sagaces para cambiar
el modo de ser de la gente.
El
modo de ser del antioqueño comenzaba
a nacer: un modo de ser en que la minería
tuvo valor pedagógico prdeundo
para hacer la paciencia y persistencia
en la acción, que conducirían
a la acumulación de capital y a
la introducción de la tecnología,
a la asociación. Y al mantenimiento
de costumbres austeras y rígidas.
Un modo de ser que dos siglos antes había
intuído el gobernador don Gaspar
de Rodas y retomarían Mon y Velarde,
Berrío, Jaramillo Sánchez
y Gómez Martínez, entre
los muchos buenos rectores que ha tenido
un pueblo inclinado a litigar, abundante
en reservadas mañas y astutas malicias:
un pueblo de buenos gobernantes porque
allá son buenos gobernados, como
advertía Monseñor Carrasquilla.
*
* *
La Relación de la Provincia Antioquia
y métodos para mejorarla consta
de cuatro partes divididas en 48 capítulos
y éstos en 503 numerales: las dos
últimas partes versan sobre el
estado general del virreinato y las primeras
traen recomendaciones específicas
sobre la comarca, principalmente respecto
a la idiosincrasia de sus gentes, su aislamiento
geográfico y el origen de los recursos
fiscales para financiar el plan, con la
advertencia de que en el numeral 502 recomienda
la eliminación del impuesto de
las riñas de gallos, por anodino;
y dejar sólo diez o doce tributos
para ser aplicados principalmente a obras
públicas.
Esta apasionante Relación fue escrita
con lentitud: los nueve primeros capítulos,
en Antioquia; la prosiguió en Santa
Fe de Bogotá adonde hubo de trasladarse
Silvestre para atender a demandas y pleitos
(que él sí que era de malas